EL NACIONAL – Lunes 27 de Julio de 2009
El investigador no habla de artes visuales sin mencionar al país porque entiende a éstas como un ejercicio de crítica y reflexión del contexto. En tal sentido cuestiona cómo, en la memoria colectiva, Venezuela pareciera ser un país sin tragedias
MARJORIE DELGADO AGUIRRE
madelgado@el-nacional.com
Gerardo Zavarce escribe y habla del arte no como un acto aislado, ajeno al país, sino como un ejercicio crítico que se asume desde el contexto. El curador del XII Salón Jóvenes con FIA asume la investigación sobre las artes visuales desde los mismos signos con los que, considera, debe construirse el discurso de lo visual: desde la irreverencia, pero no una desarticulada, sino una que se alza en los argumentos que recurren, más allá de la forma, a las ideas, a las políticas en conjunto con las poéticas como él señala. Visto así, hablar con Zavarce de las artes visuales es hablar del país en su historia reciente, en simbiosis, en síntesis.
La entrevista se hizo en el Museo de Bellas Artes, y el propio contexto da el punto de partida: “Hay una parálisis de entendimiento entre los actores involucrados con el campo del arte y las intuiciones oficiales. Hay un surgimiento que se celebra, el de los espacios independientes. Sin embargo, estos no son tan independientes porque se articulan en función de la propia subsistencia, de la viabilidad económica. Lo que quiero decir es que las prácticas artísticas necesitan subsidios, vengan de donde vengan, y estos no deberían intervenir con la creación o las posibilidades de crear, la pluralidad y el acceso al público.
“Siento que estamos en un gran dilema porque cuando hay apoyo del Estado, hay incidencia sobre la creación, es decir, se apoya un determinado tipo de producción. Entonces, cuando nos vamos al otro campo, al aparentemente independiente, éste estimula otro tipo de creación, vinculada al tema de mercado”.
–Y a protocolos conservadores. –Totalmente, y además no garantizan acceso a una diversidad de público. Hay una condición de clase estrechamente marcada que pone en peligro las posibilidades de poder generar, a través de las prácticas artísticas, y concretamente dentro de las artes visuales, una perspectiva de democracia cultural de acceso a las producciones culturales y de diversidad en estas últimas. Hay una producción que responde a una estética pequeño burguesa que es hegemónica dentro del campo del arte que no tiene un proceso de interacción con lo que serían las estéticas populares. Ahí hay un quiebre total de no querer verse, de no querer entenderlo como producción cultural visual. ¿Por qué incluí a Jackson Gutiérrez en el salón es la pregunta de moda? (se refiere a un joven que hace películas sobre diversas dinámicas de la violencia en la ciudad). Me lo preguntan por una razón: el campo formal del arte no puede entender los protocolos visuales de los sectores populares urbanos, no articula que hay otros modos de producción.
Probablemente, esto puede ser considerado una asunto estrictamente de imágenes, pero resulta que así lo vemos también en términos de ciudadanía: a ese mismo sujeto que se le está cuestionando su rol como productor cultural, se le cuestiona su capacidad de acceso a los bienes y servicios y ésa es una expresión de la división indudable que existe dentro de la sociedad venezolana.
–Desde el lado oficial también se establece una división entre el arte popular y el arte hecho por creadores con formación académica. ¿Allí también habría un discurso de exclusión tan peligroso como el otro? –El problema es que no se ha dado un espacio de confluencia, de síntesis. Lamento tener que explicarme en los términos de clase en que lo hago, pero así se construye el discurso, así se asimila. La búsqueda debería estar en la fricción, en el encuentro dialéctico, en un enfrentamiento, pero no en uno donde tengamos que cortarnos la cabeza, sino donde se debatan ideas.
Ahora, lamentablemente, somos víctimas del secuestro antagónico de dos visiones de la realidad que han sido incapaces de mirarse mutuamente y resolver sus diferencias, y eso se refleja en el discurso en términos de cómo llamarse, de cómo verse, en cómo concebir el espacio, incluso el espacio de la ciudad. Aquí, la clase media ilustrada abandonó los espacios públicos oficiales. Cada quien asume los discursos polarizados como certezas delirantes, es decir, como dogmas de fe que no se someten a juicio. En esos términos se construyen las políticas culturales y eso también es un reflejo de cómo se construyen las políticas públicas de un país.
“Estamos en una especie de conservadurismo visual en el que los polos antagónicos llegan a parecerse, a tener los mismos tabúes, los mismos prejuicios, los mismos mecanismos y nos estamos perdiendo la posibilidad de avanzar en colectivo porque venimos de heridas y a lo que le hemos tenido miedo es a mostrar nuestras heridas que, por el contrario, deberían verse y asimilarse con el objeto de entender que provenimos de procesos altamente conflictivos, del debilitamiento de un liderazgo político que ha sido incapaz de muchas cosas, de entender que nos nutrimos de allí y que hay que empezar a construir a partir de allí. Nuestras instituciones deben tener el oxígeno de las ideas. Eso sí: partiendo de un análisis de las condiciones o contingencias reales que promueven la producción artística, conscientes de que el contexto que nos define es trágico y agónico”.
–¿El campo de las artes visuales se ha divorciado de este contexto? –El campo de las artes visuales, en los espacios privados y en los públicos, se ha instrumentalizado de tal forma que se ha hecho impermeable, incapaz de asimilar estas reflexiones, y a pesar de que tú los transgredas, estos espacios terminan siendo inocuos.
Los espacios de exhibición otorgan sólo un valor de estatus. La gente no va a ver sino a que lo vean. Esto es grave porque, ante la situación de desmantelamiento de los museos, la producción artística se supedita al espacio “independiente” que se ha hecho responsable de la exhibición, pero que son espacios que carecen de la investigación necesaria.
“Si uno hace una revisión del arte en Venezuela en la década de los noventa, independientemente de que uno tenga resquemores, hay que reconocer que gracias a esas instituciones hay un cuerpo teórico sobre nuestra historia visual. En los últimos años ha bajado la calidad de la investigación, se ha ido desplazando al campo de lo privado que se disfraza y que igualmente no arriesga sus códigos y cuando los arriesga, como en el caso reciente de Periférico Caracas Arte Contemporáneo con la exposición de Juan Carlos Rodríguez que fue incluso paradigmática en el tratamiento de la violencia en la región fronteriza, pasó sin reflexión, sin catálogo, fue una exposición que fue vista pero no mirada”.
–¿Esto de ver y no mirar no es un claro síntoma de su tesis de que vivimos en un país sin tragedia? –Indudablemente. Ahora, no es un fenómeno nuevo, sino uno que se ha incrementado recientemente. Es como esa paz de los sepulcros en la que vivimos. Es un fenómeno estructural. No arrastramos la tragedia. Asumimos que cada quien está en lo suyo. No somos capaces de articularnos como sociedad, de retarnos en el diálogo, de asumir la responsabilidad de nuestras instituciones. Somos un país incapaz de mirarse a sí mismo con una conciencia crítica, un país en el que no vemos al otro como lo que nos complementa. Esto nos ha conducido a esa fragmentación en la que estamos inscritos como país y, específicamente en el campo del arte, va a llegar un momento en que no vamos a caber en los guettos que estamos formando para albergarnos incapaces de analizar las problemáticas reales del país.
¿La consecuencia? Nos estamos quedando sin espacios de verdadera reflexión. Yo clamo por una opción constructiva ciudadana que no haga tierra rasa con las instituciones que existen, que no considere que todo lo anterior fue nefasto o no sirvió, que lo quiera rehacer con argumentos caudillistas, de ego, en los que la patria tiene que se ser socialista o morir y tampoco una que considera que todo tiene que ser como antes. Estoy profundamente ladillado de estar inscrito entre el tanque del 4 de febrero entrando a Miraflores y la juramentación de Carmona, dos imágenes que, lamentablemente, nos constituyen.







